Nada que ver con ir de vacaciones unos días a otro país, muchas veces en grupo con otros españoles y con guía de habla hispana. Me refiero a los que van para quedarse, por un período más o menos largo, por razones de estudios, familia o trabajo, y lo hacen solos. Por eso el título dice “para ir (o no)”, porque una misma cosa puede servir de aliciente para unas personas y de desánimo para otras.

1.El idioma. Fuera de España se hablan otros idiomas y, por supuesto, adonde vayas a vivir tienes que aprenderlo para desenvolverte en cualquier situación, no puedes apoyarte continuamente en quien ya sabe para que te haga de intérprete. Conviene tener unos conocimientos previos adquiridos a través de cursos y, si es posible, aprender de nativos, leer prensa extranjera, ver películas en versión original. Aun así, un idioma nunca se terminará de aprender, aunque uno crea que lo habla bien, es y será siempre una lengua extranjera. ¡Pero si incluso el español de Sudamérica es diferente!

2.Otra cultura. Un país es otro país, con maneras diferentes de hacer y de ver las mismas cosas, otro estilo de vida, otra mentalidad, otras tradiciones. Al principio se vive una especie de luna de miel en la que la novedad y el cambio entusiasman, pero pasada esa fase, esa manera de ser y de pensar te parece equivocada por estar en contraposición con tus puntos de referencia, los que has tenido toda la vida. Y lo mismo pueden pensar los oriundos del lugar: que el raro eres tú. Para sobrevivir en otro país hay que integrarse, en mi caso italianizarse. No queda otra, de lo contrario se estará siempre de un humor negro entre quejas y rechazos.

3.Nuevas redes sociales. No las virtuales del Facebook, sino de amistades y conocidos de verdad. En un país extranjero las redes sociales hay que reconstruirlas totalmente desde cero y, si no se tienen ya amigos en el sitio, no siempre es facilísimo formar un grupo, sobre todo con los locales, ya comprometidos en sus propias redes sociales y familiares, igual que cualquiera en su propio país, o con compañeros de trabajo a menudo no de tu misma edad y reacios a quedar fuera del horario laboral. Los cursos de idiomas, de cocina, de baile y otros, o hacer voluntariado pueden ayudar, con un poco de suerte, paciencia y ganas de conocer gente.

4.Tu país, visto desde fuera. Nunca se había desarrollado tanto en mí el sentido del patriotismo como ahora que estoy fuera de España. La bandera española, bien visible en el salón todo el año, no solamente el día de partido. Y quién iba a decir que me acabaría gustando el flamenco, algo que mientras estaba en España siempre odié. Recuerdo un programa de “Españoles en el mundo”, creo que en aquella ocasión estaban en Alemania, en el que una mujer dijo: “Hace falta salir de España para saber lo que es ser español”. Aunque no siempre el efecto es agradable. Cualquier crítica o comentario hacia tu país te lo tomas como algo personal y acabas estando siempre a la defensiva cada vez que en la televisión oyes la palabra “España”.

5.Los estereotipos. Tener que representar a toda España, yo, una sola persona, significa también una cierta responsabilidad, para confirmar o desmitificar los estereotipos que los italianos tienen de los españoles. A menudo cayendo en la contradición, al encontrarse con una española que ni hace botellón, ni se echa la siesta, ni baila flamenco. Para muchas personas el ciudadano extranjero es como una ventana a aquel país. Por supuesto, yo no soy toda España, ni siquiera la conozco toda.

6.El encuentro con otros compatriotas. Esta puede ser un arma de doble filo. Por una parte es siempre agradable tener cerca a otro español para hablar en tu idioma y poder preguntarle acerca de trámites burocráticos, sobre todo en los primeras semanas. Pero, por otra parte, no faltan tampoco los españoles que viven en un lamento continuo, porque no les gusta el clima, o la comida o el carácter de la gente.

7.La vuelta a casa. O mejor dicho, las vueltas a casa. Vives y trabajas la mayor parte del año en otro país y el tuyo ahora se ha convertido en un país de vacaciones. La emoción de tener en la mano un billete de avión y contar los días que faltan para el viaje. Curiosamente, antes contaba los días cuando vivía en España e iba de vacaciones a Italia.

8.Adquirir experiencias en otro país. Haber trabajado por un período más o menos largo en el extranjero es algo que muchas empresas valoran, porque denota una persona que sabe adaptarse a los cambios y dispuesta a aprender. Pero no se trata solamente de la experiencia laboral que se añadirá al curriculum, sino también experiencias de vida, las que te enriquecen interiormente: las personas que se conocen, los platos que se aprenden a cocinar… Si me hubiera quedado en mi casa, ahora tendría menos espíritu de adaptación, sería menos independiente y jamás habría viajado tanto y a tantos sitios, lo cual seguramente habría hecho mi vida menos interesante.

9.Lo que puedes aportar. Hasta ahora he hablado sobre todo de lo que puedes obtener en un país nuevo, pero es igualmente satisfactorio aportar algo tuyo. Hay servicios a la comunidad y programas de voluntariado, como por ejemplo la Banca del Tiempo (de ésto haré un capítulo aparte). En mi caso, con mis clases de lengua y cultura intento dejar una huella española en Italia y me permiten compartir conocimientos y experiencias, y al final todo se convierte en un aprendizaje recíproco.

10.El limbo. Dicen que “partir es morir” y “algo nace cuando algo muere”. De hecho, partir significa perder algo de tu país y ganar algo del otro. Se vive en una especie de limbo, de tierra de nadie. Ser un extranjero en todas partes puede tener efectos secundarios, como no sentir ningún lugar como tuyo o tener ganas de cambiar continuamente y probar en otro sitio. Hace tiempo otra española en Italia comentaba en un foro de Internet algo así como: “Después de tanto tiempo no soy ni de aquí ni de allí”. Es lo que tiene ser ciudadano del mundo, pero yo prefiero quedarme con lo mejor de dos culturas.

Después de haber leído todo esto, ¿dan ganas de probar o no?

IT
I 10 motivi per andare (oppure no) all’estero.

Niente a che vedere con andare in vacanza all’estero per alcuni giorni, insieme ad altri connazionali e forse anche con la guida che parla la tua lingua. Mi riferisco a quelli che se ne vanno per restarci per un periodo più o meno lungo, per motivi di studio, famiglia o lavoro, e lo fanno da soli. E’ per questo che dico “andare (oppure no)”, perché la stessa cosa può essere incoraggiante per alcune persone e un deterrente per altre.

1.La lingua. Altrove si parla un’altra lingua e, appunto, ovunque tu vada la devi imparare per arrangiarti in qualsiasi situazione, non puoi pretendere di avere l’interprete sempre accanto. Conviene avere una conoscenza previa della lingua attraverso dei corsi e, se possibile, imparare dai madrelingua, leggere la stampa estera, guardare film in versione originale. Nonostante ciò, una lingua non si smette mai di imparare, per quanto possiate parlare bene, rimane comunque una lingua straniera. Persino lo spagnolo sudamericano è diverso dal mio!

2. Un’altra cultura. Un altro paese è un altro paese, altri modi di fare e vedere le stesse cose, un altro stile di vita, un’altra mentalità, altre tradizioni. All’inizio si vive una sorta di luna di miele dove la novità e il cambio entusiasmano, ma una volta superata questa fase, quel modo di essere e di pensare ti potrebbe sembrare sbagliato perché in contradizione con i tuoi punti di riferimento, quelli con cui sei cresciuto. E altrettanto possono pensare gli altri, che il tipo strano sei tu. Per sopravvivere all’estero bisogna integrarsi, nel mio caso italianizzarsi. Non c’è altra soluzione, altrimenti rischi di ritrovarti sempre di un umore grigio tra rifiuti e lamentele.

3. Nuove reti sociali. Non quelle virtuali del Facebook, ma di amicizie e conoscenze reali. In un paese straniero le reti sociali sono da ricostruire totalmente da zero e se non si hanno già degli amici sul posto, non sempre è facilissimo crearsi un proprio gruppo, soprattutto con i locali, già impegnati nelle proprie reti sociali y famigliari come voi lo sareste in patria, o con i colleghi, spesso non coetanei e magari restii a rapporti extra-lavorativi. Corsi di lingua, di cucina, di ballo e altro, oppure fare volontariato possono aiutare, con un po’ di fortuna, pazienza e voglia di conoscere gente.

4. Il tuo paese, visto da fuori. Mai si era sviluppato in me così tanto il senso del patriottismo come ora che sono all’estero. La bandiera spagnola ben visibile in soggiorno tutto l’anno, non soltanto il giorno della partita. Chi mi avrebbe mai detto che mi sarebbe piaciuto il flamenco, che odiavo mentre ero in Spagna! Mi ricordo un programma di “Españoles en el mundo”, credo fossero in Germania quella volta, dove una donna diceva: “Bisogna essere lontani dalla Spagna per capire cosa significa essere spagnoli”. Non sempre l’effetto è piacevole. Qualsiasi critica o commento verso il tuo Paese li prendi sul personale e finisci per stare sempre sulla difensiva ogni volta che senti la parola “Spagna”.

5. Gli stereotipi. Ritrovarsi a rappresentare tutta la Spagna, io, una sola persona, significa anche avere una certa responsabilità, nel confermare o contraddire gli stereotipi con cui gli spagnoli sono visti dagli italiani. Per tante persone, il cittadino straniero diventa una finestra su un paese. Io non sono, appunto, tutta la Spagna, nemmeno la conosco tutta.

6.L’incontro con altri connazionali. Questa può essere un arma a doppio taglio. Da una parte è sempre piacevole avere vicino qualche connazionale con cui poter parlare la tua lingua e chiedere informazioni, soprattutto nelle prime settimane. D’altra parte, non mancano neanche quelli che vivono in un lamento continuo, perché non gli piace il clima o il cibo o la gente.

7. I ritorni a casa. Vivi e lavori quasi tutto l’anno in un altro Paese, e il tuo è diventato il Paese delle ferie. L’emozione di avere in mano un biglietto aereo e contare i giorni che mancano al viaggio. Stranamente, prima contavo i giorni quando ero in Spagna e andavo in vacanza in Italia.

8.Acquisire esperienze. Aver lavorato all’estero per un periodo più o meno lungo è molto apprezzato da molte aziende, perché dimostra che la persona sa adeguarsi ai cambiamenti e ha disposizione all’apprendimento. Ma non si tratta soltanto di carriera, ma anche delle esperienze di vita che ti arricchiscono interiormente: le persone che trovi, i piatti che hai imparato a cucinare… Se io fossi rimasta a casa, adesso avrei meno spirito d’adattamento, sarei meno indipendente e non avrei mai viaggiato in tanti posti, il che probabilmente avrebbe fatto la mia vita meno interessante.

9.Ciò che puoi offrire. Finora ho parlato soltanto di quello che puoi trovare in un altro Paese, ma è altrettanto soddisfacente lasciarci qualcosa di tuo. Ci sono i servizi alla comunità e programmi di volontariato, come ad esempio la Banca del Tempo (se ne parlerà dopo). Nel mio caso, attraverso le lezioni di lingua e cultura cerco di lasciare un segno spagnolo in Italia e condividere le proprie conoscenze, e alla fine tutto diventa un apprendimento reciproco.

10. Il limbo. Dicono che “partire è un po’ morire” e “qualcosa muore mentre altro nasce”. Infatti, partire significa perdere qualcosa della propria nazionalità e guadagnarne un’altra. Vivere in una specie di limbo, di terra di nessuno. Diventare uno straniero ovunque può però avere effetti collaterali, come non sentir nessun luogo proprio o cadere nella voglia di voler cambiar luogo ogni anno, continuamente. Tempo fa un’altra spagnola in Italia commentava in un foro di Internet qualcosa del genere: “Dopo tanto tempo non sono né di qua né di là”. E’ la conseguenza di essere cittadini del mondo, ma io preferisco prendermi il meglio di due culture.

Dopo aver letto tutto questo, viene voglia di provarci? oppure no?

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